domingo, 12 de octubre de 2008

... ANDRÉS Y MACARILLA ...

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Mi aporte de octubre en Cineen.com está en línea. Últimamente no se me dan los ensayos/reseñas/comentarios, pero gracias al maestro Francisco José Amparán por la inspiración para este cuento.







Andrés y Macarilla.



Aprendió a amar el cine antes que a las mujeres. Incluso antes de conocer el significado de la palabra ‘amar’, Andrés sabía que dentro de ese mundo oscuro y emocionante estaba su vida.

Por fuera era el caserón más antiguo del pueblo. Decían los venerables que esa mansión perteneció en algún tiempo a los abuelos de Francisco I. Madero. Pero ahora, don Julián era el dueño, el mismo don Julián dueño de la tienda de abarrotes y el hombre más rico de la región; el mismo que anunció en la plaza abarrotada que había comprado un cineproyector de carretes. De segunda mano, traído desde la frontera, pero funcional, y en todo el pueblo se hablaba de “El Cine don Julián”.

No era un pueblo grande, ni siquiera era mediano. Andrés calculaba siempre mil habitantes. Gustaba de hacer una lista con los nombres de todos, e invariablemente su cuenta se detenía en mil. No podía pensar más allá. Desde que se enteró que don Julián traería algo nunca visto en el pueblo trató de ganarse sus favores. Le hacía mandados y lavaba su automóvil, siempre sentado en la entrada de la tienda en espera de otra orden del patrón. Don Julián se sentía complacido, tenía un mandadero sin pago, dispuesto a toda hora y sin que le pidiera nada a cambio. Poco a poco Andrés se estaba ganando su confianza.

El día de la inauguración del cine, los emocionados espectadores se llevaron la sorpresa de que en la fachada del caserón se instaló una marquesina extraña, luminosa. “Cine Macarilla” decía en letras grandes y rojas. La gente se sintió conmovida. Macarilla era el sobrenombre con el que era conocida la hija de don Julián. Macaria, su esposa había desaparecido hacía tres años con todo e hija. Don Julián quedó destrozado, pero poco a poco y con el apoyo de todo el pueblo salió adelante. A la semana siguiente abrió su tienda y se mostró ecuánime como si nada hubiera sucedido.

En la entrada, Andrés los esperaba. Vestido de rojo terciopelo, con sombrero hongo de igual color, botones dorados al pecho y una sonrisa en la cara, le tendía la mano a cada uno de los hombres y hacía una reverencia a cada una de las mujeres que ingresaban al recinto. De primera intención, éstos se encontraban con una confitería llena de color. Ni los más viejos pudieron resistirse a comer dulces como párvulos. Nadie objetó que la bolsa pequeña de palomitas de maíz costaba al menos cinco veces más que en el carrito afuera de la iglesia. Todo era una fiesta.

Andrés contó mil asistentes. Y una vez que todos estuvieron sentados y no cabía nadie más, las luces se apagaron. Andrés ingresó a la sala en penumbras y tuvo una reminiscencia de su nacimiento. Sólo que esta vez, en lugar de salir, ingresaba a un ambiente cálido, oscuro y cavernoso, en donde sabía que sus más disparatados sueños podían volverse realidad. Únicamente escuchaba el murmullo de un millar de personas con la vista fija en una pantalla de plata. Las fotografías estaban cobrando vida y se movían y hablaban como si estuvieran ahí, al otro lado de la inmensa tela brillante. Ese fue el momento definitivo en su vida. Andrés comprendió que debia vivir por y para el Cine Macarilla. Con el tiempo dejó de trabajar en el cine y se dedicó a disfrutarlo.

Sus primeros devaneos eróticos tuvieron lugar justo en ese sitio en que la inmensa sala del cine Macarilla doblaba en una curva pronunciada que hacía prácticamente invisible para los demás a los ocupantes de las dos butacas de la orilla. En esa ocasión se proyectaba “Ifigenia” una maravillosa película griega. Por supuesto tuvo que regresar al día siguiente para ‘ver la película’.

Se dio cuenta de que don Julián sabía poco de arquitectura y de óptica. La sala del cine Macarilla tenía dos plantas, al estilo de los teatros antiguos de opera; pero la planta baja tenía la peculiar circunstancia de que justo en el centro, entre los dos pasillos, los asientos de adelante estaban a más altura que los de enmedio, y los del fondo a la misma altura que los de adelante. Eso a nadie parecía preocuparle, pero a Andrés le parecía bastante cómodo sentarse justo en el medio de ese perfecto ejemplo de parábola geométrica. Ahí, con las piernas estiradas y comiendo toneladas de palomitas, descubrió a Richard Dreyfuss llenar la pantalla con su actuación en “La chica del adiós”.

Andrés siempre pensó que era genial que don Julián se las arreglara para encontrar películas que el diario de la ciudad más cercana parecía ignorar. Ese periódico, que llegaba al pueblo los domingos, hablaba de películas enormes y cada vez de una cifra más grande de dinero. Andrés no tenía idea de cuanto costaba hacer una película, él únicamente las disfrutaba.

Aprendió a admirar a Richard Burton cuando junto con otras seis personas, vio “Equus”. Entre esas seis personas, había un hombre sentado en el sitio más cómodo del cine, en el medio de la parábola, que dormía a pierna suelta. Fueron los ronquidos más ruidosos que Andrés jamás escuchó en su vida; y eso le añadió un toque algo más dramático al score de la película. Pensó que de tener un hijo alguna vez, lo llamaría Ricardo; no era casualidad que las dos mejores interpretaciones masculinas que había visto en su vida, hubieran ocurrido en el mismo año: Burton y Dreyfuss. Por el diario se enteró del curioso incidente en los premios Oscar. Al anunciarse el galardón al mejor actor del año, el presentador dijo el nombre ’Richard’, Burton comenzó a levantarse, por fortuna su acompañante lo detuvo a medio erguirse y le evitó una vergüenza cuando escuchó el apellido ‘Dreyfuss’.

Andrés no dejaba de sorprenderse. Un buen día, en plena función de “El baile” de Bernardo Bertolucci, mientras él disfrutaba los matices de la historia, muchos de los espectadores comenzaron a quejarse y a lloriquear debido a la falta de acción en la cinta. El cácaro, debido a su poca experiencia manejando multitudes procedió a cambiar los carretes por los de una película de karatecas. Andrés con un aire triste fue a reclamar al administrador, quien le devolvió el importe de la entrada. Esa película fue siempre uno de sus pendientes. En el cine Macarilla jamás la volvieron a poner.

Una gran idea de don Julián fue el implementar las funciones de media noche. Dicho título lograba despertar por sí mismo el ansia de las mentes más puritanas y conservadoras del pueblo, aunque no era más que un simple gancho, ya que las cintas exhibidas en ese horario tenían el mismo contenido venéreo que una bola de paja cruzando la calle principal un miércoles por la noche. No era raro que en esos tiempos moralinos, Andrés, con sus ojos ya acostumbrados a la oscuridad, distinguiera al padre Simón en primera fila, a las beatas Ramos en la planta alta, al doctor Espiridión en el medio de la parábola o al presidente municipal con Marita, su secretaria, en las butacas de la curva. Andrés se divertía pues la mayoría llegaba una vez que las luces estaban ya apagadas, y en el intermedio, ni bien se encendían las luces, todos salían diaparados a los baños, en donde se saludaban y prometían olvidar que se vieron. Eso sucedía todos los jueves.

La más memorable de las funciones de media noche, fue la protagonizada por la película ”El paraíso erótico de Utamaro”. Andrés ignoraba quien podría ser ese Utamaro, pero si tenía un paraíso, y además era erótico había que estar ahí. La crema y nata del pueblo estaba ya ávida, y al apagarse las luces el cine estaba a reventar. El tal Utamaro resultó ser un pintor japonés del siglo XVII, que se pasaba sus días visitando burdeles y casas de suripantas en busca de la mujer perfecta, del ideal de belleza que fuera su musa definitiva. Después de una hora de proyección, en la que nada paradisiaco, ni mucho menos erótico se vio en pantalla, Utamaro encontró lo que buscaba. Al final de una calle una mujer aparece. Close up, el pintor extasiado, por fin su busqueda había terminado. Close up, una mujer sencillamente espantosa, según cualquier canon de belleza establecido o no, simplemente horrorosa. Andrés, acompañado por novecientos noventa y nueve personas más, estalló en carcajadas.

Si de por sí, “El resplandor” es una película misteriosa y alucinante, Andrés vivió una experiencia desconcertante en el cine Macarilla. Resulta que el cácaro confundió el orden de los carretes, así que primero proyectó el de en medio, luego el final y por último el pincipio. Aquello Andrés no lo pudo olvidar jamás.

Don Julián murió sin herederos. Esa noche se proyectaba “Dunas” de David Lynch. Andrés tenía antecedentes de que ese director era un transgresor. Aún dolido por la muerte de su antiguo patrón y amigo, se acomodó en su lugar favorito, en el medio de la parábola, listo para ver esa cinta que prometía por las reseñas que había leído en el diario. La película tenía una apariencia pastosa que a Andrés se le hacía difícil el evaluar si estaba presenciando un experimento fílmico, un bodrio o si el cácaro había llorado sobre el foco del proyector. Pensó que esta vez se le había pasado la mano a Lynch, ya que hasta las escenas en que la acción sucedía a pleno sol parecían filmadas de noche. A la salida, le informaron a Andrés que el foco necesitaba ser cambiado, pero como no había más dueño, no sabían que hacer.

Andrés jamás volvió al cine Macarilla. Murió dos días después y nadie lo extrañó.






¡¡¡ letem bi lait !!!

3 comentarios:

Dorn dijo...

vine conn toda la intencion de ponerme al corriente y leerte, pero ya no me dio tiempo y tu post esta larguisimo, jaja, sorry, paso luego con mas tiempo.

Saludos!

La Diabla dijo...

Primero me recordo a la pelicula CINEMA PARADISO, despues a algun cuento de Garcia Marquez... luego a Pedro Paramo... como sea, buen cuento.

Lulu dijo...

pobre Andres u_u...

eii esos podcasts de donde los sacas?
dime diiime! :)

saludos!

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