Faltan solamente tres meses para navidad. Pronto, los centros comerciales desecharán los ya predecibles disfraces de calabaza y maniquíes mostruosos que gritan y se encienden cuando uno les golpea el pecho, para dar paso a las esferitas y los hielocos navideños.
No soy un grinch de la navidad, no Jesús no. Tampoco soy un apoltronado que viste de rojo durante los doce días que duran las celebraciones del nacimiento de ídem. Digamos que soy, como en las generalidades de mi vida; un apasionado de los momentos más que de las épocas; de las compañías más que de los acontecimientos; del presente más que del pasado, y de la historia del futuro más que del destino.
Antaño, mis primos y yo le pedíamos regalos al niño Dios, en reemplazo del europeo San Nicolás y al cocacolero Santa Claus. Las ardillitas me trajeron el conocimiento del Santo Clós aunque nunca le pedí regalos. Los Reyes Magos eran mi onda.
Hoy, cuando el mundo alrededor parece más que perdido y la podredumbre social que ni va ni viene vislumbran una mejoría, leo palabras de amigos y no tanto que me hacen reírme de ellos. Todos, todos en el mundo sin excepción quieren encontrar al amor de su vida, algunos con más desesperación y quedadez que otros, pero aunque lo nieguen y pongan mil pretextos, la tristeza por no encontrar su símil se revela en mayor o menor medida, sólo es cuestión de observar.
Me río pero sé de cierto que un paso en falso dado en el último año y medio pudo haberme privado del ser completo. Agradezco siempre por todo lo que tengo y todo lo que me ha sido otorgado, y pienso en lo afortunado que soy. Además, como siempre, digo que cada uno tiene y obtiene lo que se merece, así que yo me merezco todo lo bueno que me está pasando en este momento y para el futuro.
Además, hoy que sé que el paso más pequeño a la felicidad sí tiene un precio (ya pagado) no me siento con el derecho de pedir nada para navidad. Nada para pedir a Santa Clós, pues lo que tengo y tenemos es lo más perfecto que pudiéramos desear. Nos merecemos esta felicidad pues creémos en Él y en sus dones, lo honramos con cada acto de nuestras vidas y lo tenemos siempre presente en nuestros pensamientos. La torta vino antes y seguramente traerá otra...
...el futuro...
¡¡¡ letem bi lait !!!
