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martes, 13 de enero de 2015

PELANDO LA BANANA. La cáscara. Volumen VIII.

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El año en que cumpliría 14 comenzó de una manera muy intensa. Con los compañeros de escuela, habíamos ido en bola y en camión guajolotero a las faldas del volcán Popocatépetl a juguetear en la nieve. Los más osados ya se veían escalando hasta más allá de Paso de Cortés cual modernos Hillarys, mientras que los más tranquilos y/o emparejados sólo queríamos aprovechar el frío para acurrucarnos cerca cerquita. Para entonces yo era noviecín de una chica de madre holandesa que era más de un año mayor que yo, estaba a un par de semanas de cumplir 15 años y yo a cinco meses de cumplir apenas catorce. Tampoco era que fuera a durar toda la vida. Mi profundo sentido del ridículo me hizo negarme por todos los medios a bailar con ella en su próxima fiesta, la cual ya estaba toda planeada.

El viaje no resultó lo que esperábamos pues después de subir y subir, la cuesta abajo se hizo pesadísima y entre todos contratamos a una camioneta estaquitas para que nos devolviera a nuestro guajolotero. Al hacer la cuenta final estábamos un integrante corto; el primo de mi holandesita no estaba y el pánico se apoderó de todos. Llanto y gritos desesperados precedieron por largos minutos hasta que, bajando pesadamente el camino, el primo bajaba en completo estado de shock y con un brazo prácticamente destrozado.

Sobra decir que la fiesta no podía cancelarse, pero sí cambió de estilo, en vez de hacer una gran ceremonia con vals y chambelanes, se hizo una techno-party como estaba de moda en esos días. Vestidos estrambóticos y nada de corbatas serían la norma en ese caldo de hormonas despertando. Los noventas estaban a la mitad y no siquiera recuerdo mi alocado atuendo, pero debió de ser extremadamente infame.

Liberado por anticipado de las obligaciones de novio, me dediqué a tomar refresco y ver cómo todos los demás sacudían sus hormonales esqueletos al ritmo de Scatman John. Mi amigo el científico se sentó junto a mí y juntos, con sólo ese poder que un par de buenos nerds son capaces de tener, nos reíamos tanto de todos. Hasta que llegó ella a sentarse entre nosotros.

Una chica de piel blanquísima y pelo negrísimo con los labios pintados con el rojo más intenso y rojísimo que había visto. Mi mandíbula me llegó hasta el suelo cuando se acercó a mí y me besó en la mejilla diciéndome su nombre. No tenía más de catorce años y su cuerpo era ya el de una mujer digna de su ralea. También saludó a mi amigo el científico que de igual manera se había quedado boquiabierto.

Platicamos toda la tarde, al menos tanto como se puede platicar cuando la voz de Gillette cantando Short Dick Man taladraba los oídos con sus subidos decibeles. En un momento, La gótica temprana tomó mi mano y me llevó a la pista, contraviniendo mis más profundas convicciones, quería ver al adolescente caliente que fuera capaz de decirle que no a esa hiper-niña. Mi amigo el científico se levantó y nos siguió para no quedarse atrás. Sin el menor sentido del ridículo, moví mi lindo cuerpecito junto a su hermoso cuerpazo mientras tarareábamos Knock kncok knocin’.

No sé ni le pregunté después qué había pasado entre ella y mi amigo el científico, lo que me interesaba era ir a su casa y verla y seguirla viendo, y besarla claro. Y fajonear con esos torpes fajoneos de puberto precoz. Ella me enseñó a jugar ouija y me enseñó las primeras heridas de navaja en sus brazos. Me enseñó fotos de piercings increíbles provenientes de revistas que jamás había visto. Me hizo probar por primera vez la sangre de otra persona cuando se cortó un dedo con un rastrillo.

El fin llegó justo ese día, cuando después de meter su dedo en mi boca y darme el rastrillo, me negué rotundamene a cortar mis suavecitos dedos. Sobra decir que no quería que el espíritu maligno de Gilgamesh o lo que sea se apoderara también de mi alma.

Aún conservaba mi pureza y castidad y sin embargo, el haberla visto hacerse daño y el tener la fortaleza suficiente de decir que no, me hicieron perder un poco la inocencia. Creo …








Parte de esta serie:





¡¡¡ letem bi lait !!!



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viernes, 13 de julio de 2012

... Rumba, samba, mambo ...

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Suene a lo que suene, el título de este post no refiere a ningún tipo de macumba o hechizo caribeño, o sí. Pensándolo bien, algún día le contaré a mis hijos el delicioso arte de saltar las olas en compañía de unas blancas caderas brasileiras para recibir el año nuevo 2009, año que por cierto, fue un verdadero parteaguas en la historia de mi vidurria de porquería. Mi año cero, el génesis de mi real y orgullosamente altaneros escritura y estilo. En fin, el punto es que, contrario a lo que pudiera expresar con cada poro de mi piel, resulta que a las mujeres les gusta el ritmo.

Lo cual explica el porqué de tantos embarazos no deseados en las adolescentes, cuando leen en cualquier pasquín que ciertos días del mes son por completo infértiles y ... ¿Qué? ¿No estaba hablando de ese tipo de ritmo? Bueno ya. Desde tiempos inmemoriales se ha sabido que no hay peor ciego que el que no quiere ver, así mismo, no hay peor amante que el que no sabe bailar.

Aquí debo hacer el primer paréntesis del día y expiar mi más profundo rechazo a esa noción. Y a las pruebas me remito. Pruebas documentales, por supuesto. Si fuera necesario, habría que preguntar a una muestra representativa del total de la población de mujeres con las que he cogido y compararla con una de las mujeres con las que he bailado, para, en un ejercicio estadístico y probabilístico, entender la varianza y la dispersión para explicar el porqué yo prefiero a mis mujeres como mis gráficas: con desviaciones estándar. (*espera a que El Dib venga a corregir esta taradez que escribí en 3... 2...)

Porque desde que tengo memoria, mi mamá y mi tía Tere, cansadas de mi robotismo, trataron de enseñarme a mover un pie y luego otro y luego una mano y luego la otra al ritmo de muchos tipos de canciones impresentables. Mi tía Tere trabajaba en ello hasta que, de nuevo harta, decidió tener sus propios hijos para enseñarlos a bailar sin frustraciones, pues yo era punto menos que hojalata para esos menesteres. Mi madre santa también la sufrió. No literalmente, por supuesto, peor sería tener un hijo tullido o uno idiota. En el universo de posibles defectos congénitos, el ser arrítmico -y un poco autista- no sonaba tan mal.

No tengo oído musical. No puedo tocar màs de tres notas en una guitarra sin desgarrarme mis suaves, suaves deditos con las duras cuerdas de la misma. Jamás pude impresionar a mi maestro Modesto de música en la primaria. Soy por completo incapaz de identificar una canción tan solo escuchando sus primeros acordes. Carezco de las habilidades básicas que se necesitan para hilar los sonidos en una secuencia medianamente agradable. No puedo cantar sin que voces agudas salgan de mi garganta cuando no deben. Y por supuesto, soy malísimo para coordinar mi cuerpo con movimientos que seguramente me harían ver como un gran oso granoso.

Ya alguna vez escribí sobre la coordinación necesaria para ser uno con su propio cuerpo. No quiero decir que lo sea en la cama, pero creo que hasta el momento no he tenido queja. Y le echo ganas, oh sí... Por el contrario, mi ser sexual que grita y ronronea con ansias cada vez que un orgasmo se ve tan cerca, toma control sobre mi más grande órgano sexual que se desenvuelve como pez en el agua. Pero sólo ahí. No creo que bailar sea como hacer el amor. Mi ser vertical ha tendido desde siempre a la horizontalidad, y de ahí pa'l real.

En la secundaria, acaso mi momento escolar más feliz, tuve clases de baile desde primero hasta tercero. Mi espiritual maestra de danza, prefería tumbarnos en el suelo a meditar (y quedarnos dormidos riquísimo) a poner nuestras colas a moverse. Ahora que lo pienso, no sé si mi maestra hubiera estado preparada para tal despliegue de hormonas pre-adolescentes con cuerpos en completo estado de desarrollo y ebullición. Oh bueno, es que mis compañeritas moldearon sus cuerpos a diferentes ritmos, siendo, como siempre, las que más se tardaron, las que más buenas quedaron al final.

Al tiempo, las clases de teatro con el maestro Paco, me tendieron la trampa del teatro musical. Y yo, con mi diecisiete por ciento gay no me pude resistir. Sabiendo de antemano que no podía ni cantar ni bailar, me escogió para hacer el papel del profesor Carrillo en la farsa "El show de terror de Rocky". Un hombre tullido y confinado a una silla de ruedas. Papel perfecto para mí. Tal fue mi terquedad, que logré que me dieran el papel del Mango Petacón en "¡Qué plantón!". Necesité de toda mi disciplina y creo que ahí se forjó un poco de mi férrea voluntad. Los que necesitaban mis arrítmicas patas era un método, una coreografía y un diagrama específico de qué hacer y cuándo hacerlo. Fui un éxito. De ahí vino "Cats" y "El diluvio que viene". Aún no existía "Wicked", pero hubiera estado genialísimo. Fui un éxito, tanto que mi maestro Paco me robó mi vestuario cuando ya no nos presentamos más en ninguna feria ni exposición. Mi momento pasó y ya nadie después me creyó media palabra de lo que había sido mi experiencia en el teatro musical.

Cuando crecí, mi pseudo homofobia se hizo presente e hizo que renegara de alguna vez haber usado malitas de colores y haberme subido a un escenario a bailar y a cantar. ¡Si tan sólo me hubiera visto mi padre! Luego crecí más y dejó de importarme lo que la gente pensara o dijera, no sólo de mí, sino en general lo que la gente pensara... o dijera.

Hoy, que tengo a mi lado a quién me empuja a hacer cosas que siempre me han gustado, pero que por diferentes razones fisiológicas nunca había podido, he ido a una clase de salsa. En el Mama Rumba. Con un bonche de otros principiantes en este valle de lágrimas: godínez arrítmicos de traje y corbata acompañados de damitas godínez de lentes de pasta y pantalón de Suburbia, pretendidos reguetoneros con gorras estilo polecía, cubanos wannabe tratando de impresionar a sus -poco- esculturales acompañantes. En fin. ¡Fauna, fauna everywhere!

No es lo mismo aprender los pasos despacio y luego que llegue la música y hacerlos rápido. Lo que falta es el ritmo, eso es la falencia. Está muy divertido porque no falta el Galán Delón-chería que se cree Resortes Resortín de la Resortera y mueve el cinturón como queriendo desabrocharlo sin usar las manos, tampoco la pareja de dudoso género que simplemente no sabe en qué lado de la línea colocarse.

El chiste es el cotorreo y el destino infunesto que me hizo quedar de pareja con Astrid ¡ja, en tu cara, azar! Quiero volver porque disfruto el ejercicio, además de sudar como puerquito y poderme comer unas aceitunas al terminar. Ahora falta ver quien cuida a los hijos mientras ella y yo nos vamos a mover las caderas en su caso; el pantalón, en el mío.




¡¡¡ letem bi lait !!!


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lunes, 23 de agosto de 2010

... En busca del valle encantado ...

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Alguna vez di un instructivo un poco detallado y un mucho manchado acerca de los gimnasios y su fauna particular. Hoy, contaré de mi enésimo primer día de gimnasio en busca del cuerpo perfecto para gustarle más a mi mujer que los anuncios de Dior.

Como buen ciudadano ignorante, he firmado un contrato como conejillo de indias, me pagarán dinero por aprender a hacer cosas que después haré y me pagarán dinero. Por lo tanto, mis horarios en las siguientes semanas serán, por decir lo menos, horribles, sin horas de entrada ni de salida; pero, en compensación, cortos, cortísimos. Hoy, por ejemplo, entré a las doce y salí a las cinco. Nada mal, creo

Con el tiempo como mi mejor aliado, decidí por fin evitarme los pretextos y acudir al gimnacio con mi pans, cinturón y guantes, además de una toallita, aunque olvidé un cilindro con agua.

Entonces me topé con otro hombre comprometido con su país, trabajador y asertivo, haciendo ejercicio a las ocho de la mañana. El pobre hombre corría y corría por la máquina de banda sin fin y gemía gemidos gemidosos de cuando en cuando. Nada para escribir a casa. El problema llegó cuando me acomodé en la máquina junto a la suya, hago eso que hacemos todos los hombres cuando nos encontramos a un congénero: comparar mi estatura con la suya. Quedé satisfecho al comprobar que, si me mantenía completamente erguido y derecho, le llevaba unos buenos centímetros de ventaja; pero al mirar hacia abajo, me encuentro con un par de pies que parecían salidos de los más profundos anales de Liliput. ¡Un par de papas de cambray envueltas en zapatillas deportivas blancas! (Que por su parte, jamás, jamás de los jamases, deben ser utilizadas)

No pude contener una risotada que disfracé de cansancio y tos.

¿De verdad puede un hombre vivir con pies tan pequeños? ¿Se lo llevará el viento mientras espera el autobús? ¿Se caerá en cualquier frenón del metro por leve que sea? ¿Tendrá que dar dos pasos en cada escalón aunque sea una de escalera de caracol? ¿Se mojará la camisa cuando lava los trastes por estar más cerca de lo normal?

Todas estas interrogantes no dejaron de revolotearme en la sesera y mientras tanto, miles y miles de hombres caminaron junto a mí con sus pies pequeños en busca del valle encantado, dando millones de pasitos para llegar a su destino. Hombres altos con pies pequeños y hombres pequeños con pies aún más pequeños.

Nunca me había puesto a pensar en lo afortunado que soy al tener estas patotas de tamal con que Dios me bendijo: ¡Mis sandalias me sirven para caminar sobre la arena como sobre seda! ¡Si me coloco en buena posición, jamás me caeré en el transporte público! ¡No puedo utilizar esos espantosos y homosexuales zapatos puntiagudos que están tan de moda!

Es que, no conozco en verdad la medida estándar en pies de hombres. Sé que depende enteramente de la talla y el peso, de la alimentación durante el crecimiento incluso. De cualquier manera, arbitrariamente he implementado la nueva clasificación discriminatoria para que le regalen zapatos a sus hombres.

- Hombre de más de 2.00 mts. = ¡No me preguntes MONSTRUO, cómprate un par de bambinetos!

- Hombre de entre 1.90 mts. y 1.99 mts. = Calzado de esquiador o botas de luchador del número nueve.

- Hombre de entre 1.80 mts. y 1.89 mts. = El calzado de las estrellas, lo mejor de lo mejor, zapatillas de Rey, tenis Jordan y zapatos Doble-Ferragamo del número ocho u ocho y medio.

- Hombre de entre 1.70 mts. y 1.79 mts. = Zapatos medianos, tenis Reebok, Hush Puppies y Capa de Ozono del número siete.

- Hombre de entre 1.60 mts. y 1.69 mts. = Bubble gummers, Baby Caterpillar, chanclas meadas, zapatitos de charol con agujetas de color de rosa y babuchas de Hecali del número seis.

- Hombre de entre 1.50 mts. y 1.59 mts. = Zapatillas de Marylin Mensón, zapatos de tacón, huaraches de sorgo, chanclitas hechas con pvc reciclado y alpargatas del número cinco.

- Hombre de menos de 1.50 mts. = ¿Tú qué? ¡Ni existes!








¡¡¡ letem bi lait !!!

miércoles, 26 de mayo de 2010

... De preposiciones, estrellas y dólares ...

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Sé perfectamente que no soy el primero ni seré el último en despotricar escribir sus impresiones sobre la gran cadena cafetera trasnacional Estarbocs. También sé que hasta hace poco menos de un año, nunca en la vida había puesto mis soberanas patas sobre el pegajoso suelo de ninguno de ellos, tal como está plasmado aquí.

Resulta que hace diez meses, la mujer más maravillosa del mundo me llevó por primera vez a uno de esos establecimientos con logotipo de sirena y estrellas, más parecido a un timbre postal que a cualquier otra cosa. No resultaron bien las cosas ese día, a pesar de haber sido un día perfecto, todo terminó entre lluvia del cielo y de los ojos. No fue culpa del Starbucks, eso es obvio, pero tampoco fue un buen comienzo para mi relación con el emporio.

Como todos saben, todo mejoró, tanto que no recuerdo la segunda vez que entré a tal cafetería. No demasiadas ocasiones. Un par en citas de trabajo y otro tanto por no tener mayor referencia de algún lugar en que debía encontrarme con alguien. Sin embargo, las complicadas claves para servir vil café no se me pueden quedar grabadas en la mente. Pasa que en realidad no me importa.

Tuve una pequeña adicción al Frapuccino de Mango - Maracuyá, que se me quitó el día que tuve que elegir entre un Frapuccino de Mango - Maracuyá y caminar veinte kilómetros en vez de tomar un autobús. Las cosas no han sido fáciles para la economía y sin embargo, el Starbucks siempre está ahí, con su café ridículamente caro y sus sillones ridículamente cómodos y ensoñadores (que en esta crisis climática se ponen aún más cómodos pero mil veces más calurosos). De todo me ha tocado escuchar en mis estancias prolongadas ahí. Porque no estoy para contarlo, pero se ha convertido en mi sala de espera particular, espera que disfruto, por cierto. Miles de anécdotas ajenas se entretejen en sus sillas y sillones, pero esas son otras historias y tendrán que ser contadas en otra ocasión.

Hoy me enteré que el café del día en Starbucks no es otra cosa que simple café americano. El pretexto o la excusa es que cada día es hecho con diferentes granos o diferentes marcas o calidades o sabrá Dios qué. No me hizo sentido alguno. En los restaurantes siempre te dicen específicamente en qué consiste la sopa de día, pero apuesto cuádruple contra sencillo a que nadie, pero nadie pregunta en qué consiste el mentado café del día. Quizá sea más barato, quizá, pero sigo sin saberme los precios pues hoy día soy leal al Frioreo de The Italian Coffee. Y sigo sin aprenderme las claves correctas para pedir de manera adecuada un café en Starbucks.

Un día, Astrid me pidió que le comprara un Alto Chai Frapuccino Deslactosado Light (o algo así). Yo compré algo que era otra cosa completamente diferente porque no tuve idea de qué significaban todas esas cosas.

Mi misión, si decido aceptarla, será hacer desatinar a los empleados estarbuquianos al son de: "¿De qué es el café del día?" "¿Y el de ayer de qué era?" "¿Y mañana de qué será?" "Ok, perfecto, dame un Alto Bajo Cabe Con Contra De Café del día Deslactosado Light Fresco Barroco Viento Eterno Llamas a mí Precious, aaah con crema y chispas. Y no te olvides de mi Panini del Mundial de Tres Quesos 2010 bicentenario".




¡¡¡ letem bi lait !!!

jueves, 12 de noviembre de 2009

PELANDO LA BANANA. La Penca. Volumen II.

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Y sí, el día añorado llegó -hace tres semanas, ejem- y mis dos mejores amigos de toda la vida se casaron. El mismo día y no entre ellos, lo que hubiera simplificado mucho las cosas. Pero no son mis amigos homosexuales, o al menos cada uno de ellos se casó con una mujer. A Salvador, mi amigo, compañero, casi hermano, lo conozco desde hace dieciséis años, yo tenía once, recién entraba a primero de secundaria y mis cachetes amenazaban con implotar en mi cráneo al no tener más piel que estirar hacia afuera en toda mi redondez.

Fácilmente podría definir a la secundaria como mi etapa escolar más feliz, y en eso, mis amigos Salvador, Rafael y Luis Darío fueron parte fundamental. Éramos tan ñoños y tan babosos que uno de nuestros hobbies era caminar por la calle siguiendo chicas lindas, claro que no es lo mismo stalkear a una adolescente cuando tienes trece años que cuando tienes treinta, pero bueno; nunca, nunca, repito, nunca le hablamos a ninguna, y no fueron pocas.

De los cuatro, Salvador y yo fuimos los primeros que comenzamos a juntarnos. No se me borra jamás de la mente su imagen bailando y cantando 'Fritos fri-tostitos' sin razón aparente, su eterna gorra de judicial y su chamarra de robocop. La humillante derrota que sufrí a sus manos en el torneo de ajedrez de 1995 y la dulce, dulce, dulce venganza que saboreé con el índice y el pulgar un año después. Su reticencia a tomar el bate de béisbol con las dos manos alegando que con una 'es más fácil'. El trofeo que le gané de máximo goledor en el mini torneo de secundaria. La casi-vomitada que me provocó la primera -y única- vez que comí en su casa. Su espectacular actuación como el Hongo Alucinógeno. El curso de autoconocimiento, autocontrol y automafufadas al que me invitó y en el que me hicieron llorar de gratis, sólo para descubrir, al levantar la mirada, que él me tendía la mano. Las groserías reales o imaginarias lanzadas a las ex-novias de uno u otro. Su proclividad a bailar en todas y cada una de las circunstancias. Las veces que me burlé de él cuando se hizo novio de Ivette sólo porque la besó. Las bailarinas de jazz que me presentó gracias a su debilidad por ir a clases de ídem. Las últimas cervezas que nos tomamos juntos en mi cumpleaños número 26 en una velada que comenzó a las seis de la tarde y terminó a las nueve de la mañana del otro día, hablando y hablando como si no hubiera pasado nada de tiempo. El día preciso en que me dijo, antes que a nadie que le iba a pedir matrimonio a su novia. Cuando me llamó en medio de un examen fácilisimo para decirme que ya tenía mi invitación para la boda. El ver su cara güereja y barbada rebasada por una felicidad que sólo se puede explicar cuando se siente. Y lo que me falta, no terminaría de nombrar hechos específicos que puedan definir lo que en realidad me significa.

Simplemente es el hermano que nunca tuve, tan diferente pero tan complementario de mí que aunque nos veamos dos o una o ninguna vez al año, sé que con una llamada estará ahí. A pesar de no convivir y de tener amigos diferentes y actividades diferentes y trabajos esclavizantes y monótonos, nuestras esencias no han cambiado y no lo harán. Él seguirá siendo 'el que baila por todo' y yo seguiré siendo el Mago Sonric's.

Sólo mi propia felicidad al lado de la mujer de mi vida puede superar al gusto que me da el verlo con la mujer que ama, feliz, pleno, completo. Su boda fue espectacular, más por el sentimiento que por el contenido, más por mi compañía que por el ambiente y sin embargo, nada evita ya que el futuro nos llegue inexorablemente.

Yo lo espero con ansias pero con más ganas de disfrutar el paisaje mientras camino.

Carlos, mi socio, colega y amigo también se casó ese día, pero esa es otra historia y tendrá que ser contada en otra ocasión ...






Parte de esta serie:



¡¡¡ letem bi lait !!!

martes, 11 de marzo de 2008

... Nostalgia anacardiácea ...

Photobucket
IMAGEN:
MANGO MAN

William T. Templeton


Había olvidado que en mi cuenta de YOUTUBE tenía como favorito un video de la obra “QUÉ PLANTÓN”. Una comedia musical mexicana de exportación de Memo Méndez jejeje.

Hoy entre esperar al carpintero (otro drama) e ir a la oficina me senté cómodamente a ver los videos de todos los temas de esa obra.

¡ Qué tiempos y que recuerdos ! Cuando yo era joven y bello, podía ponerme ese vestuario y cantar: “Soy un mango rico sabrosón …”. Ahora que el sedentarismo ha hecho mella en mí seguramente me vería ridículo en mallitas y brincoteando y cantando. (Mí mismo, mañana vas al gym, bueno el lunes).

En fin, éste era mi papel EL MANGO PETACÓN durante la presentación estelar en la escuela y en una pequeña gira de 5 o 6 presentaciones más. Conservo un enorme VHS con fragmentos de la obra que montamos en ese entonces (1996-1998) le he prometido a una amiga que lo subiré al TUTUBO, pero se me olvida mmmmm. El inconsciente.




¡¡¡ Qué pinches recuerdos tan chingones !!!

P.D. El propietario de ese video es un tal fossycasas que no tengo el gusto de conocer, pero que tiene videos muy fregones.



¡¡¡ letem be lait !!!
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... Gracias Dios por los dones que voy a recibir ...